martes, 12 de junio de 2012

Gil de Siloé ( II )


Gil de Siloé fue un escultor castellano en estilo gótico activo en los últimos años del siglo XV. Hijo suyo fue Diego de Siloé, escultor y arquitecto en estilo renacentista.
Gil de Siloé es una de las máximas figuras de la escultura hispánica, y europea por extensión, del siglo XV, cuando las formas del gótico postrero, hibridadas por las del arte mudéjar y las influencias flamencas de tipo flamígero, dieron origen al estilo gótico isabelino, exclusivo de España, del que Gil de Siloé es representante emblemático.
Los nombres por los que es conocido evidencian la confusión que rodea su origen. En algunos documentos se le cita como Gil de Emberres (Amberes), por lo que se cree fuera originario de Flandes, en otros como Gil de Urlianes, por lo que podría venir de Orleans. El nombre que habitualmente se repite en los documentos es el de Maestre Gil; sólo en algún momento muy concreto se añade la palabra Siloe, y aplicada sobre todo a su hijo Diego.
Desconocemos cómo apareció en Burgos, y cómo enlazó con la familia Colonia; si fue por parentesco, por misma nacionalidad ó por afinidad artística. El hecho es que Juan y Simón de Colonia,-los dos grandes arquitectos de las postrimerías del gótico-, y,-el gran imaginero-, Gil de Siloe vivieron unidos en permanente colaboración.
Su nacimiento puede datarse alrededor de 1440-50 y probablemente no mucho antes.
Desarrolló su actividad en Castilla y más concretamente en la ciudad de Burgos y sus alrededores. Está documentado entre los años 1470 y 1501 fecha probable de su fallecimiento en la capital castellana. 
Casó con una hija de Pedro de Alcalá, con la que tuvo dos hijas y dos hijos, uno de los cuales fue el famoso Diego de Siloe, artista que destacará fundamentalmente como arquitecto en el Renacimiento.
Su estilo es recargado, decorativista y muy minucioso, dotado de un extraordinario virtuosismo técnico




SANTA ANA TRIPLE
Gil de Siloé - Hacia 1500 - Madera policromada
Retablo de Santa Ana de la Capilla del Condestable, catedral de Burgos
Escultura gótica. Estilo hispano-flamenco 




A finales del siglo XV, en la catedral de Burgos, don Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, y su esposa doña Mencía de Mendoza decidieron levantar una suntuosa capilla destinada a convertirse en panteón familiar. La obra no llegó a ser conocida por el Condestable, que falleció en 1492, en el año 1500 se decide dotar a la capilla de un conjunto de tres retablos que fueron encomendados al maestro Gil de Siloé, que en aquel momento dirigía el taller más prestigioso de Burgos. El proyecto incluía un retablo mayor y dos laterales, uno dedicado a San Pedro, antigua advocación de la capilla, y otro a Santa Ana, siendo este el primero de los comenzados por el gran maestre.
Está elaborado en madera de nogal y se distribuye en tres calles a las que se suma otra lateral orientada al centro de la capilla, abriéndose en todas ellas hornacinas que contienen exclusivamente figuras femeninas. Un trabajo preciosista que fue denominado por algunos como el retablo de las Once Mil Vírgenes y que se viene a sumar a las formidables creaciones del escultor en la misma catedral y en la Cartuja de Miraflores.
En 1504 murió Gil de Siloé y el retablo quedó inacabado, a falta de la escultura de la caja central del primer cuerpo.El retablo de Santa Ana fue rematado en 1520 por Diego de Siloé, hijo del gran maestre, con la talla de "Cristo muerto sujetado por ángeles", una obra ya influenciada por los aires del Renacimiento italiano La imagen de Santa Ana Triple o Trinitaria, ocupa el compartimento central del segundo cuerpo, flanqueada por Santa Isabel y Santa Elena.





Representa de forma anacrónica a Santa Ana, madre de la Virgen, con su hija en brazos a la vez que ésta sujeta a Jesús niño, estableciendo una suerte de rama genealógica. No alcanza el tamaño natural, 1,05 metros de altura, pero es un testimonio de la creatividad artística y de virtuosismo técnico alcanzado por Gil de Siloé en su obra.
Santa Ana, identificada en la inscripción de la peana, aparece de pie y viste una saya de tonos rojizos ajustada a la cintura, con los bordes recorridos por una cenefa azulada decorada con flores esgrafiadas en oro, que se recoge a los lados dejando visible un vestido interior dorado. Se cubre con un manto igualmente dorado, con una franja azul en los bordes con esgrafiados similares a los de la saya, que cae desde el hombro formando pliegues de vivas aristas. En la cabeza lleva ajustada una toca de tonos azules, que enmarca un rostro ovalado, y sobre ella un velo blanquecino cuyo ribete está recorrido por una inscripción en oro sobre fondo azul de la que se han perdido parte de las letras.
Tiene los brazos flexionados a la altura de la cintura para sujetar en el derecho a la Virgen y en el izquierdo un libro abierto con cuyas páginas juguetea el Niño. La anatomía sigue el estilo predominante en Flandes, con manos de afilados dedos, largos y separados, y un rostro muy terso de boca pequeña, nariz afilada y ojos almendrados muy perfilados.





La figura de la Virgen se apoya en posición sentada en el brazo derecho de Santa Ana, de modo que se quiebra por la cintura. Su aspecto alude iconográficamente a la Virgen Niña, aquí revestida con una rica indumentaria de reina que contrasta con la sobriedad de su madre. Viste una saya rojiza de amplio escote que deja asomar los pliegues finos de una camisa dorada y un collar de dos vueltas de diminutas cuentas. Remarca el cuello una especie de collar de oro en forma de eslabones de una cadena y sobre los hombros se apoya un bello manto dorado con aberturas para los brazos a cada lado que están decoradas con simulaciones de bordados en todos azules. El juego se repite en las mangas, decoradas con acuchillados y botonaduras que siguen la moda de la época. 





Teniendo en cuenta que la imagen se encuadra en una obra que el escultor dejó inacabada a su muerte, representa el mayor grado de evolución en el estilo del autor. Ello es apreciable en la moderación expresiva de la figura, que le proporciona un aspecto solemne, en la extremada suavidad de las facciones, casi "dibujadas", en el naturalismo de los paños, con pliegues mucho más redondeados que en obras anteriores en las que abundan los característicos quebrados flamencos, y en una corrección formal cargada de virtuosismo, a pesar de que subyacen los intereses simbólicos medievales por encima de los estéticos, como lo demuestra la jerarquización de tamaños, algo con lo que acabaría pocos años después la incipiente corriente renacentista.





Especialmente bella es la cabeza de la Virgen, a mitad de camino entre una niña y una adolescente, con un rostro de facciones habituales en Gil de Siloé, peinada con flequillo sobre la frente y largos mechones ensortijados que forman bucles dorados que le proporcionan un aspecto nórdico. Para realzar su figura se cubre con un rico tocado de trama romboidal cuyos bordes están recorridos por una cinta roja, con aplicaciones de perlas formando cruces y cabujones, que cuelga en la frente formando una media luna. Sobre él se asienta una corona que repite el mismo diseño, con florones de cogollos perdidos en su mayoría. Con sus manos, estilizadas y esquemáticas, sujeta los brazos del Niño que descansa sobre sus rodillas.
Jesús aparece como un infante vestido con una túnica abierta al frente de arriba a abajo, dejando apreciar parte del rollizo cuerpo como alusión a la naturaleza humana de Cristo a través de su fragilidad. En el cuello luce un collar de tres vueltas del que pende una cruz al frente y sobre su cabello rubio y corto lleva ceñida una cinta con un cabujón. El rostro repite las facciones aplicadas habitualmente por Gil de Siloé en las figuras de ángeles, con carrillos abultados y ojos achinados, en este caso esbozando una sonrisa al tiempo que sus dedos juguetean con las páginas del libro que sujeta su abuela.





Contribuye la deslumbrante policromía aplicada por el pintor Diego de la Cruz, colaborador habitual del gran maestre, que hace gala a lo largo del retablo de un sofisticado trabajo en el que prima el oro, siguiendo el gusto de los mecenas de su tiempo, y la influencia flamenca en la plasmación de minúsculos detalles, como ocurre en el libro que sujeta Santa Ana, con páginas ilustradas y pintadas como si se tratase de una auténtica miniatura.
Gil de Siloé, convertido a lo largo de los años en un burgalés más, supo trabajar con demostrada maestría tanto la madera como la piedra y alabastro, el retablo de la capilla de santa Ana (o de la Concepción) de la catedral de Burgos, le colocan en la cima de la escultura gótica en la España de su tiempo.

Gracias a J.M.Travieso por su presentación



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